Crónica de un cuarenta Aniversario

24 09 2008

En la tarde del sábado, 20 de septiembre, la madrileña Real Iglesia Parroquial de San Ginés, en el centro de la capital de España, respiraba el ambiente de las ocasiones solemnes. Los fieles y devotos de María Santísima de Gavellar se daban cita bajo sus bóvedas para celebrar la eucaristía y renovar sus votos cofrades. Para tan señalada ocasión la Real Archicofradía en Madrid estuvo acompañada tanto por representaciones de corporaciones de Pasión y Gloria de la Villa y Corte como por delegaciones de las cofradías ubetenses, encabezadas por el Hermano Mayor de la Real Archicofradía Matriz y por el Presidente de la Unión de Cofradías de Semana Santa.  No faltaron las Cofradías hermanas de Santa Eulalia, de Sevilla y Barcelona.

La celebración estuvo presidida por el Rvdo. P. Alejandro Robertson Muñoz, de la Casa de Sarriá de la Orden de la Merced, que se vio acompañado en el presbiterio por el Párroco de la Real Iglesia y Prelado de Honor de S. S., D. José Luis Montes. El acompañamiento musical correspondió a la Coral Matritum Cantat que supo poner con sus armoniosas notas el sentimiento preciso a tan destacada efeméride.

En la homilía el Padre Robertson resaltó la extraordinaria oportunidad que supone conmemorar el cuadragésimo aniversario de una fundación cuya esencia es ayudarnos a hacer presente el camino de Cristo a través de la figura entrañable de María de Guadalupe, aquella mujer que fue el primer Templo y Sagrario del Redentor.

Antes del ofertorio la Cofradía de Guadalupe en Madrid, acompañada por sus hermanas de Úbeda, Barcelona y Sevilla, realizó pública protestación de Fe Católica a través de una fórmula que pronunció el Secretario y que fue seguida por todos los asistentes puestos en pie, mientras las banderas de las hermandades guadalupanas ocupaban el lugar central frente al Altar Mayor. La Salve a los pies de Nuestra Señora, que lucía espléndida en su capilla recién restaurada y engalanada con un manto procesional de color rojo en el que se ostentaban las armas del escudo de Úbeda, y el solemne responso por los Cofrades fallecidos, que según la costumbre de la Cofradía se reza en la Sacristía, pusieron fin a los actos públicos de esta primera jornada de celebraciones.

La bonanza del día, que incluso dio lugar a la aparición de abanicos durante la celebración, no presagiaba la lluvia con la que el cielo de Madrid iba a saludar la salida extraordinaria de Nuestra Señora de Guadalupe, no en vano llamada en tiempos de las aguas.

Pero ya en domingo los nublos fueron haciéndose realidad dejando sus primeras gotas en el asfalto madrileño pocos minutos antes de la hora prevista para la salida, las 11 de la mañana. La Sagrada Imagen ya se había asomado al compás del templo, dada la coincidencia con las misas parroquiales, y la Junta de Gobierno debatía las alternativas en un horizonte de inciertos nubarrones. Finalmente se acordó aguardar hasta las 12, pero a esa hora las nubes descargaban con fuerza y, sin embargo, la asistencia de fieles y público seguía siendo nutridísima. La Banda de Cornetas y Tambores “María Santísima de las Penas” y la Agrupación Musical Ubetense aguantaban a pie firme la decisión final, hasta que también hubieron de guarecerse en el atrio donde se encontraba Nuestra Señora frente al pueblo.

La situación era complicada, puesto que la sucesión de misas impedía que la María de Guadalupe entrara en el San Ginés y los minutos se entretenían con marchas de las dos formaciones musicales que se alternaban para ofrecer sus mejores sones. Allí sonaron “Esperanza Macarena” y “Coronación de la Macarena”, interpretadas magistralmente por la AMU y saludadas por el público que se las apañaba para aplaudir a pesar de los paraguas. Allí también los componentes de la Banda de las Penas electrizaba el aire con sus acordes y con la pasión que saben transmitir por donde quiera que vayan.

¿Qué hacer? La gente no se iba. La Virgen debía acercarse al pueblo que la esperaba sin importarle la lluvia. Un pequeño claro dio la oportunidad. Todos lo que allí estaban lo merecían y los costaleros de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y la María Santísima de la Esperanza Macarena, que llevaban sobre sus costales el dulce peso de la Madre de los ubetenses, descendieron el Paso de manera cadenciosa y solemne. Ya en la calle sonó la marcha “Encarnación Coronada” y, justo cuando los costaleros entonaban a coro la Salve con la que se cierra esa marcha, las nubes se ausentaban momentáneamente. Como un resorte todo se dispuso para improvisar un cortejo con las representaciones de las muchas cofradías y hermandades que se habían dado cita para acompañar a la Señora (San Isidro, Jesús el Pobre, Gran Poder y Esperanza Macarena, Virgen de la Cabeza, Virgen de Nazaret, Amor Hermoso, Virgen del Carmen de Alcalá, además de la Unión de Cofradías, y las Cofradías de Jesús Nazareno, Soledad, Noche Oscura, Prendimiento, Expiración y Sentencia de Úbeda), unidas todas a las cofradías guadalupanas de Sevilla, Barcelona, Santa Eulalia y Úbeda. Confiada en los claros la comitiva ascendió unas decenas de metros por la calle del Arenal, hasta llegar Nuestra Señora al lugar, en la esquina con la Plaza de Celenque, donde estuviera la Casa de Úbeda. El ascenso, que los costaleros mimaban alargando las chicotas hasta lo imposible, como deseando que aquello no acabara, se hizo con el acompañamiento de la AMU, complementada con una sección de cornetas y tambores integrada por miembros de las Bandas del Amor y de las de la Virgen de Gracia, que tuvo ocasión de hacernos escuchar algunas de las piezas que había preparado con mimo para la ocasión. Los rostros de los allí reunidos no dejaban lugar a dudas, emocionados unos, agradecidos otros, dirigían sus ojos con caras de alegría hacia la Señora que avanzaba en majestad.

En el retorno de un recorrido, tan breve como pleno de emociones, fue la Banda “María Santísima de las Penas” la encargada de marcar las evoluciones del Paso. El brillo de sus toques parecía empujar el trono como por ensalmo. Una fuerza que llevó a María de Guadalupe de nuevo a su templo sobre las 14 horas. Allí fue descendida del Paso, después de que se le cantara la última Salve del día, y colocada de nuevo en su Capilla.

La jornada se cerró con una comida de hermandad, tras la cual los muchos ubetenses y amigos que se desplazaron para la ocasión emprendieron el camino de regreso.

Así quiso la Señora ser honrada y servida en la conmemoración del cuarenta aniversario de su entronización en Madrid. Habrá que esperar otros cinco años para verla pasearse, chiquitilla y gloriosa, por sus calles.    

Bartolomé José Martínez García.

 

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