Recuperar el Vía Crucis

6 04 2011

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos sobrepasado ya el ecuador de la Cuaresma, que yo deseo provechosa y santificadora para todos y cada uno de los fieles y comunidades de la Archidiócesis. Estoy seguro de que muchos de vosotros estáis tomando muy en serio las invitaciones a la conversión que en estos días nos hace la Iglesia. Otros, sin embargo, podemos contentarnos con un cambio cosmético y superficial, sin penetrar con sinceridad y verdad en las entretelas de nuestro corazón, que es de donde surgen la bondad y la maldad, que después afloran en nuestras actitudes y en nuestros labios.

El Señor nos invita en esta Cuaresma a rasgar los corazones y no las vestiduras, como nos decía el profeta Joel en el pasado Miércoles de Ceniza; a convertirnos, a cambiar nuestros criterios y actitudes y a volver a Él y a nuestros hermanos con la decisión y la humildad del hijo pródigo, que se levanta con determinación de la tristísima situación en que se encuentra, para volver a la casa del Padre, solicitar su perdón y reencontrar la paz y la alegría.

Una práctica piadosa, de gran riqueza espiritual, que puede ayudarnos mucho en nuestro camino de conversión en esta Cuaresma, es el ejercicio de Vía Crucis, bendecido secularmente por la Iglesia y primado con numerosas indulgencias. La práctica del Vía Crucis ha hecho muchísimo bien a generaciones y generaciones de cristianos, que ya en la Edad Antigua y en la alta Edad Media peregrinaban a los santos lugares de Palestina y recorrían con piedad, fervor y compunción de corazón los escenarios de la Pasión del Señor, meditando cada uno de los acontecimientos redentores. Aunque parece que el primero en erigir un Vía Crucis en España fue el Beato dominico Álvaro de Córdoba en el convento de Scala Coeli, en la Sierra cordobesa, a la vuelta de una peregrinación a Tierra Santa, a Sevilla le cabe el honor de haber popularizado esta devoción que pertenece a la entraña más profunda de la religiosidad sevillana. En efecto, desde aquí fue llevada a la América recién descubierta y aquí arraigó como en ningún otro lugar a partir del año 1521, cuando don Fadrique Enríquez de Ribera, primer marqués de Tarifa y adelantado mayor de Andalucía, inicia el Vía Crucis a la Cruz del Campo, que, según los historiadores locales, es el punto de partida de la Semana Santa sevillana, tal y como hoy la conocemos.

Os invito a recuperar esta devoción allí donde se haya perdido y practicarla con fervor creciente allí donde no ha desparecido del todo. La contemplación de las distintas escenas del camino de Jesús hacia el Calvario, revividas con la lectura de los textos bíblicos correspondientes y la apoyatura de la cálida reflexión de un buen autor ascético, nos ayudará a penetrarnos, como nos pide San Pablo, de los mismos sentimientos de Cristo, el cual, siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, tomó la condición de esclavo, abajándose hasta la muerte y una muerte de cruz (Fil 2, 5-8). De eso se trata en el ejercicio del Vía Crucis, en el que nos adentramos en la meditación de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo y admiramos la infinitud de su amor por la humanidad y por cada uno de nosotros.

Al contemplar los momentos estelares de la epopeya de nuestra salvación, al meditar en su humildad y silencio en el juicio inicuo de los sumos sacerdotes; al considerar la cobardía cómplice de Pilatos, al que tantas veces emulamos; al verle cargar resueltamente con la cruz, aceptando amorosamente la voluntad del Padre celestial; al verle desplomarse por tres veces, hundido por el peso de la cruz y de nuestros pecados; al meditar en los dolores acerbísimos de la flagelación y de la coronación de espinas, de la crucifixión y de la lanzada del soldado que abre su corazón; al contemplar, en suma, su muerte redentora por nuestros pecados, hemos de movernos a la conversión, al cambio de vida y a la vuelta a Dios. Al mismo tiempo, hemos de decidirnos de una vez por todas a responder con amor a su entrega generosa y preguntarnos, como hace San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales: «¿Qué he hecho por Cristo?, ¿Qué hago por Cristo?, ¿Qué debo hacer por Cristo». Del mismo modo, la contemplación del amor inmenso de Jesús por nosotros debe llevarnos a renovar y fortalecer nuestra fraternidad, a amar y servir a nuestros hermanos, especialmente los más pobres y necesitados, con los que Él se identifica.

Así nos lo dice el apóstol San Juan: «Si Dios nos ha amado de esta manera, también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos» (1 Jn 4,11). Dios quiera que la práctica del Vía Crucis aliente nuestra conversión y nos ayude a prepararnos a las celebraciones de la Pasión y Muerte de nuestro Señor.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

Juan José Asenjo Pelegrina. Arzobispo de Sevilla

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